Creando espacios activos modificantes a través del arte y el diseño

Los ambientes activos y modificantes favorecen el aprendizaje, el arte puede ser una herramienta muy positiva para el desarrollo de estos espacios tanto en el aula  como en la casa.

Partimos del principio:” Todos somos biológicamente creadores”

“Todos tenemos posibilidades de ser creativos e innovadores; biológicamente somos creadores, pero nos adaptamos al medio que nos toca vivir y ese medio puede fomentar la creatividad o no; en el caso concreto de la escuela, resultará creativa si dinamiza las potencialidades individuales, si favorece la flexibilidad mental, la originalidad, la inventiva, las nuevas ideas, la autonomía y, además, el desarrollo emocional y social” coincide Petra María Pérez, catedrática de Teoría de la Educación y miembro del Instituto de Creatividad e Innovaciones Educativas de la Universitat de València.

Los niños son naturalmente generadores de espacios modificantes, cuando se encuentran niños en un entorno, ellos mismos toman la iniciativa y generan sus propios mundos, sus interacciones, su crecimiento dentro de ese mundo, se sorprenden, ríen, aprenden generando diversos puntos de vistas de esas realidades creadas. Crean.

Es interesante notar que en esos momentos los pequeños están alegres y en permanente movimiento, a diferencia de lo que impone la cultura escolar donde se espera que permanezcan quietos, atentos y sin distraerse a lo que les dice la educadora y a las tareas que deben realizar, todo lo cual es imposible de lograr porque el niño y la niña son actividad pura. A medida que pasa el tiempo irán adaptándose y perdiendo la frescura de su indagación gratuita, que la hacen por el mero placer de aprender y que se complementa plenamente con el juego. Les encantan las emergencias, las incertidumbres y las improvisaciones.

La educación artística en los niños ayuda a promover estos espacios activos modificantes fácilmente. Ya que los niños usan el arte como una manera natural de expresión.

 

Cada estudiante y profesor es único e irrepetible gracias a su subjetividad, por lo que no debe inhibirse bajo ningún pretexto, sino desplegarse lúdica y rigurosamente, tal como el científico que busca y el artista que crea. Sin subjetividad no hay creación. (Csikszentmihalyi 1998)

 

Aquí es importante el papel que juega el mediador, el guía quien se ocupa en conocer las necesidades, características e intereses de sus estudiantes. En el taller de arte, el guía orienta el trabajo de cada estudiante a partir del lenguaje visual que cada uno va generando. Cada alumno tiene su propia forma de interpretar la realidad, y es ello lo que interesa potenciar. Siendo auto-críticos con la obra producida, independientes y encontrando alternativas para solucionar las problemáticas que se van presentando en el proceso creativo a través de las diferentes técnicas artísticas se logra una experiencia estética única, elevando nuestro ser al infinito.

El arte como experiencia.

Hacia 1934, el filósofo noerteamericano John Dewey postulaba una noción de “experiencia estética” que relaciona el arte con lo cotidiano, con el cuerpo, con la actividad y con la creación. Para Dewey, el arte no es algo lejano, esotérico, sino que tiene una función en nuestras vidas. El arte es una actividad experiencial, tanto en su producción como en su recepción. Las experiencias estéticas son manifestaciones de nuestro potencial para desarrollar una vida mejor, más digna, más inteligente, más justa.

Postular el arte como experiencia en la escuela lo sitúa al servicio de lo humano y su sensibilidad. Implica aunar en la enseñanza intelecto y emoción, sentimientos y razón, poniendo en acción todos los sentidos y el cuerpo, el cuerpo que juega, que late, y que también duele.

El arte está fuertemente ligado a lo vital, a la construcción identitaria, la expresión , la producción y el conocimiento.

Abordar el arte como experiencia en la escuela implica enseñar a los chicos, chicas y jóvenes a crear con sentidos propios, conectados consigo mismos pero a la vez involucrados con su entorno y con los otros; implica además asumir el reto de formarlos para que sean receptores lúcidos, críticos, curiososos, informados, deseantes y capaces también de vibrar de emoción.

La experiencia estética no se confunde con la técnica que utiliza el artista, ni con las que utiliza el destinatario que disfruta de la obra de arte. Para Dewey, todo conocimiento auténtico depende de la autocreación del sujeto originada por su propia creatividad.

La acción creativa es una interacción con el medio que nos modifica, desde los dibujos infantiles hasta las creaciones de Rembrandt exigen una adaptación activa al material externo que implica una modificación del individuo para incorporarlas a una visión y expresión individuales (Genari, 1997; Feeland, 2003, extraído del libro “El arte en la enseñanza” por Gabriela Augustowsky)

Las experiencias estéticas son así manifestaciones de nuestro potencial para desarrollar una vida mas digna e inteligente.

El arte forma parte de la vida cotidiana de la escuela y es un modo de conocer el mundo en el que intervienen las emociones, pero también la razón y el cuerpo.

Entonces, concebir el arte como experiencia significa diseñar actividades, proyectos, propuestas en las que chicos, chicas y jóvenes sean incitados a ocupar la escena en un movimiento que los involucre personalmente, íntimamente; que los convoquen de modo genuino a la construcción de sentidos propios para repensarse individual y colectivamente a través del arte.

El arte es un “hacer”, una acción, en los niños/niñas un lenguaje de expresión natural,  entonces si le dan a los alumnos algo que hacer, no algo que aprender; y si el hacer es de tal naturaleza que demanda el pensar o la toma de conciencia de las conexiones; el aprendizaje es un resultado natural.

La experiencia estética nos revela lo que es la creatividad

(según Alfonso López Quintás en la obra “El valor formativo de la experiencia estética“)

El hombre es un “ser de encuentro” (Rof Carballo); se constituye, desarrolla y perfecciona realizando encuentros con las realidades circundantes. Estas realidades pueden ser nuestras compañeras de juego y de encuentro si los vemos como “ámbitos”, no sólo como “objetos”. Esta forma de ver exige de nosotros toda una conversión, un cambio de ideal. Del ideal del dominio, posesión y control hemos de pasar al ideal de respeto, de unidad y de solidaridad.

La creatividad es siempre dual, supone un sujeto dotado de potencias y un entorno capaz de otorgarle diversas posibilidades. Una persona puede estar muy bien dotada, pero a solas no puede ser creativa. Necesita recibir posibilidades de fuera, es decir, de realidades que en principio le son distintas, distantes, externas y extrañas. El que interprete el esquema “dentro-fuera” como un dilema será incapaz de adivinar que es posible convertir lo distinto, distante, externo y extraño en íntimo sin dejar de ser distinto. Tal incapacidad le imposibilita para asumir activamente las posibilidades que le vengan ofrecidas. Esa asunción activa es la creatividad.

 

“Cuando se habla de fomentar la creatividad en la escuela no se está hablando de reforzar la enseñanza de las artes plásticas o de la música, sino de enseñar a salirse de las rutas trazadas, enseñar a innovar: “Creativo es quien produce algo nuevo y valioso, y ese algo no necesariamente ha de ser una obra de arte; puede ser una idea, una solución a un problema, un nuevo producto…”, explica Pérez.

 

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